Se encontraba enroscada entre los pliegues de su cama. No abría los ojos, no lo deseaba, no quería despertar nunca.
En su mente seguía repitiendo las misma palabras, no creyéndolas, pero aferrándoce completamente a su significancia, no las podía olvidar, no las podía borrar; finalmente, solo estaban ahí. Sus ojos terminaron abriéndoce lentamente. La lluvia de la noche anterior había terminado, dando paso al brillante sol invernal.
Se levantó y calzó. Caminó como un espíritu por el único pasillo de su hogar. Cuando finalmente se observó al espejo, no era más que un pálido rostro con los ojos entristecidos.
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