Despertando entre el frío punzante de la madrugada de abril y las sábanas que albergan el poco calor que emana su cuerpo. Como una espesa niebla dispersándoce lenta y pesadamente sus recuerdos difusos y lánguidos danzaban entre la realidad y el sueño.
Una situación que era real, tan real como el polvo flotante a la luz de la lámpara sobre el velador, era lo que observé con detenimiento. Una tormenta arreciaba a las afueras del lugar, un día triste y desolado, frío, arisco, con ganas de deborarse a la vida.
El deborador... quería llevarse mi luz, la única que tenía en aquel lugar sin metas ni nada a su alrededor. Algo que aún no tenía forma, no tenía movimiento, apenas si se notaba su presencia, un ser tan pequeño, algo que no llegaba siquiera a serlo verdaderamente... Trataban de arrebatármelo.
Y luego, con el corazón en un puño, nuevamente en la habitación inmersa en el frío otoñal, en la madrugada grisásea, junto a la luz artificial junto a la cama, recuerdo por fin que todo ha sido un sueño.
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