
Postrado, cansado, agotado... sí, sólo la cabeza moviéndoce, la única energía para mover algo... los ojos vagando entre las películas de polvo bailoteando entre la luz y sus cortinas de blanco color ¿Blanco? Alguna vez habían sido así... quizás ahora ya fuesen amarillentas, cremosas... ¿es que eran o son? No lo sabe ¿o si lo sabe? Es que ya no sabe lo que lo que sabe , porque no sabe si realmente está viendo o está soñando.
O realmente está soñando, de lo contrario ¿Cómo podría estar observando algo tan maravilloso? Y si estuviese observando ¿Cómo podría hacerlo?.
Recordaba perfectamente la voz grave del doctor, los sollozos agudos de una mujer... mujer... sería la madre... ¿o era la mía? ¿Sería la nuestra? Si yo debiese haber estado al otro lado del planeta, con las calles de un inmaculado blanco, con chispas celestes, amarillas... luces brillantes... probablemente eran muy parecidas a las que él podía observar.
Cerró los ojos, pesados, rojizos, secos, no había nada más que observar, pensaba.
La tarde caía, y aún estaba atrapado entre el pensamiento, la realidad, el ensueño y la tristeza... tristeza ¿Por qué? ¿Qué había ocurrido? ¿Quién era él para mi? Porque al verme frente a un espejo olvidé mi propio reflejo, y luego lo observaba nuevamente entre sus dedos largos y delgados. Luego caí en cuenta de más detalles... mucho después.
Siempre regresaba tarde, a veces demorada hasta muy entrada la noche, cercano ya al amanecer. Traía bajo el brazo una bata blanca, siempre impecable, solo una vez lo ví con ella puesta, me recordó a un doctor, de estos de hospital, con sus rostros agotados.
Después me fijé en que solía dejar la bata blanca colgada junto a otra, pero esta era más pequeña, para una persona menuda y baja, probablemente una mujer. Olía igual que las flores, un olor completamente familiar, pero él no se daba cuenta de ello, quizás incluso lo ignoaba, o talvés lo evitaba con toda el alma... también a mí.
Pasaban las semanas, años y yo seguía vagando, desorientada, las veces que él se encontraba en el lugar, le seguía. Perdí el tiempo, las estaciones.
Prontamente él dejó de sostenerla, la fotografía donde aparecía mi reflejo. Dejó de colocar la bata blanca en su lugar.
Una noche se giró en la cama matrimonial con una mitad vacía, me observó detenidamente...
O realmente está soñando, de lo contrario ¿Cómo podría estar observando algo tan maravilloso? Y si estuviese observando ¿Cómo podría hacerlo?.
Recordaba perfectamente la voz grave del doctor, los sollozos agudos de una mujer... mujer... sería la madre... ¿o era la mía? ¿Sería la nuestra? Si yo debiese haber estado al otro lado del planeta, con las calles de un inmaculado blanco, con chispas celestes, amarillas... luces brillantes... probablemente eran muy parecidas a las que él podía observar.
Cerró los ojos, pesados, rojizos, secos, no había nada más que observar, pensaba.
La tarde caía, y aún estaba atrapado entre el pensamiento, la realidad, el ensueño y la tristeza... tristeza ¿Por qué? ¿Qué había ocurrido? ¿Quién era él para mi? Porque al verme frente a un espejo olvidé mi propio reflejo, y luego lo observaba nuevamente entre sus dedos largos y delgados. Luego caí en cuenta de más detalles... mucho después.
Siempre regresaba tarde, a veces demorada hasta muy entrada la noche, cercano ya al amanecer. Traía bajo el brazo una bata blanca, siempre impecable, solo una vez lo ví con ella puesta, me recordó a un doctor, de estos de hospital, con sus rostros agotados.
Después me fijé en que solía dejar la bata blanca colgada junto a otra, pero esta era más pequeña, para una persona menuda y baja, probablemente una mujer. Olía igual que las flores, un olor completamente familiar, pero él no se daba cuenta de ello, quizás incluso lo ignoaba, o talvés lo evitaba con toda el alma... también a mí.
Pasaban las semanas, años y yo seguía vagando, desorientada, las veces que él se encontraba en el lugar, le seguía. Perdí el tiempo, las estaciones.
Prontamente él dejó de sostenerla, la fotografía donde aparecía mi reflejo. Dejó de colocar la bata blanca en su lugar.
Una noche se giró en la cama matrimonial con una mitad vacía, me observó detenidamente...
"¿Por qué no ta has marchado aún?".
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